El Trabajo: la cultura que viene antes del Emprendimiento

Alejandro Marius
MariusUn hombre post-moderno, incluso llegando a la imagen del mayor éxito posible, si es sincero consigo mismo se da cuenta que el hombre no crea todo lo que existe. Tan es así que las condiciones sociales, políticas y económicas del mundo actual, son una invitación constante a no quedarse en la apariencia e invitan a ir tarde o temprano al fondo de las cosas.

Es evidente que el hombre no crea, sino que encuentra todo dado: la tierra, el cielo, el aire que respira, y las aguas se presentan a él como don gratuito capaz de responder a sus necesidades básicas. Pero sin el trabajo, lo dado (el dato) todavía no es “recurso”. El dato: la tierra, sus minerales y tesoros, el agua y los frutos de la naturaleza no son todavía, propiamente, un recurso para el hombre hasta que el hombre no las trabaje, no las transforme, no le confiera una “forma” apta para satisfacer sus necesidades. Y esto ha sido así durante toda la historia.

Normalmente se observa que el trabajo es reducido a aspectos parciales que por sí solos no explican su verdadero significado. Definiciones basadas en el trabajo como derecho, deber, factor de producción o prestación inevitable para poder alimentarse, son parciales. Si bien todas ciertas, ninguna de las categorías anteriores puede explicar por sí mismas o sumadas en su conjunto el valor del trabajo.

Existen muchas experiencias donde guste o no, la actividad que se desarrolla (trabajo) tiene una dimensión más allá: pensemos en las amas de casa, que es uno de los trabajos no remunerado más importante del mundo, la atención a los hijos cuando están pequeños que implican labores y sacrificios que no se harían tal vez en otro contexto, o todo el trabajo de un emprendedor sea social o en una empresa, que se podría ahorrar muchos problemas manejando el dinero y haciendo solo inversiones.

Sólo cuando se llega a la palabra “necesidad” resulta posible plantear el problema del trabajo de manera adecuada. La palabra necesidad hace referencia a un fenómeno constitutivo de toda persona, del ser humano mismo. Sólo siguiendo este impulso la persona se realiza por entero. Si se compara la necesidad de trabajo con otras necesidades: la amistad, la diversión, el descanso, la contemplación de la belleza, el arte o la naturaleza; todas ellas son, aparentemente, aspectos particulares del deseo humano, pero su característica común es que tienden a la realización de la persona en su totalidad.

La palabra necesidad implica e indica, pues, el motor íntimo del que forman parte constitutiva ese conjunto de exigencias, de deseos y de evidencias cargadas de perspectivas que empujan al hombre a su realización como persona.

Este es precisamente el concepto de necesidad: aquello que da a entender la naturaleza de los deseos que mueven al hombre y que nacen de su corazón. Esta es justamente la naturaleza del trabajo; esto es tan cierto que cuando a la persona no se le trata con dignidad, el trabajo empieza a volverse insoportable.

Hoy en día, con toda la automatización existente, el trabajo del hombre ha cambiado radicalmente. La persona de marketing trabaja con nuevas necesidades y una necesidad es nueva cuando no estaba prevista. ¿Qué hace entonces el profesional del marketing? Trata de comprender cuáles son las nuevas necesidades a las que tiene que proporcionar nuevas respuestas. ¿Y qué hace el asesor informático de las grandes empresas? Ayuda a afrontar lo nuevo, a plantear de forma nueva sistemas organizativos y/o productivos para la empresa. Podemos decir de manera sintética: el trabajo del hombre de hoy consiste en encontrar nuevas soluciones a nuevos problemas. Esto es más evidente en el campo de los servicios a las personas. El médico busca nuevas soluciones a nuevos problemas, porque cada persona a la que asiste es nueva, diferente. El médico confronta esa necesidad nueva con la teoría y las experiencias que ha acumulado, pero no será un buen médico si no sabe afrontar la nueva necesidad. Lo mismo vale para los profesores, los camareros, etc.

Trabajar hoy, por consiguiente, es cada vez menos ocupar un puesto de trabajo para ejecutar tareas definidas de antemano y cada vez más afrontar la novedad. Pero afrontar esta novedad exige capacidades que ya no son las del homo faber. Hay una palabra que expresa bien esta aptitud del hombre capaz de afrontar lo nuevo: la palabra acción. El hombre actúa; un animal, una máquina hacen, pero no actúan. La acción es una característica propia del hombre. Hoy se puede decir que trabajar es actuar en un campo (campo en latín se dice ager, agere significa en latín “llevar adelante una cosa en ese campo”, en ese ámbito). Actuar en un campo significa asumir la responsabilidad de un objetivo, o mejor, asumir la responsabilidad de una necesidad a la que hay que responder, sin tener antes el cuadro completo de medios y procedimientos. Actuar en ese campo significa moverse libremente frente a las ocasiones y oportunidades. Hoy trabajar es saber moverse igual que el que camina en un campo. Esto quiere decir que trabajar es saber afrontar el riesgo de lo nuevo, saber utilizar todo el tesoro del recorrido anterior (la tradición y experiencia) y saber establecer vínculos y relaciones sin los cuales no se puede soportar ese  riesgo.

Pero no es fácil mirar a la cara a los problemas, los constantes cambios del entorno, la mentalidad siempre al acecho del facilismo y el dinero mal ganado. ¿Qué hacen los hombres cuando se les presenta un riesgo grave? (y hoy el trabajo representa un grave riesgo para todos) Ante un riesgo grave los hombres saben hacer sólo una cosa: unirse acompañarse. La palabra company – traducción inglesa de la italiana compagnia – nació en Florencia y Siena en el siglo XIII. La “compagnia”, era el grupo de mercaderes que tenían que hacer un largo viaje hacia Flandes o navegar hacia Baleares o Jerusalén. Era un viaje muy arriesgado y la compañía era el modo adecuado que tenían los empresarios de entonces para afrontar el riesgo. San Bernardino de Siena (antes que Calvino, Smith y Weber), decía que el prophicuum (el beneficio), era lícito para los que formaban la compagnia porque respondía al riesgo que esta comportaba.

Entonces el reto que se tiene hoy en día no es solamente trabajar bien, sino también el hecho de trabajar juntos. A partir de esto el emprendimiento es un primer paso de quien tiene el deseo de “Hacer Empresa”, porque quien trabaja con una conciencia así y se toma en serio las necesidades busca superarse, se junta con quien comparte el mismo ideal, pone todas sus capacidades y comienza a innovar en productos, servicios y formas de hacer las cosas.

Así la empresa se constituye en una realidad con 3 características básicas:

– Es una Comunidad: La empresa es una “comunidad de hombres que, de diverso modo, persiguen la satisfacción de sus necesidades fundamentales y constituyen un grupo particular al servicio de la sociedad entera” (Encíclica Centesimus Annus, n. 35). Por lo tanto, la empresa es el ámbito para vivir “relaciones auténticamente humanas, de amistad y de sociabilidad, de solidaridad y de reciprocidad” (Encíclica Caritas in Veritate, n. 36). En tal sentido, la empresa desarrolla un rol fundamental de cohesión y de integración dentro de la sociedad: entre adultos y jóvenes, entre personas de diferente proveniencias sociales, culturales y étnicas.

– Genera bienestar: La empresa tiende a generar bienestar para todos, ante todo  produciendo bienes y servicios destinados a la satisfacción de las necesidades del hombre. La satisfacción de los colaboradores, de los clientes y de los propietarios del capital constituyen el objetivo prioritario de la empresa. La empresa tiende pues al lucro no como fin, sino como un medio.

–  Es un lugar educativo: La empresa, en cuanto a comunidad de hombres, es un ámbito educativo: no sólo porque es un lugar de desarrollo y transferencia, incluso inter-generacional, de conocimiento y competencias empresariales, técnicas, comerciales, organizativas, sino también porque es allí donde por ósmosis pueden madurar y transmitirse una concepción del hombre y del trabajo, el sentido del realismo y de la responsabilidad, además de virtudes como la atención, el coraje, la lealtad, la perseverancia y la humildad.

El emprendedor que se convierte en empresario debe tener conciencia de 5 características fundamentales:

1. La evidencia del don: El talento empresarial es un don que implica una responsabilidad hacia el mundo. En el empresario está viva una tensión estética: el deseo de realizar algo bello, algo “mejor” para sí mismo y para los demás.

2. La Innovación: El empresario se distingue por un realismo sobresaliente: “no pretende imponer sus ideas  a la realidad, sino aprender las ideas de la realidad” (Luigi Giussani, L’autocoscienza del cosmo, p 49.). Se caracteriza por la apertura, la curiosidad y  la atención a lo nuevo. Aún en las condiciones más adversas el empresario parte de una positividad y no de una queja.

3. Relación de dependencia: Quien inicia y guía una empresa sabe ser un “dependiente”. Igual que los colaboradores dependen jerárquicamente de él, así él – en cuanto vértice de la empresa – depende de los clientes y de sus preferencias, de las leyes, los proveedores, de sus mismos colaboradores, etc.

4. Visión y flexibilidad: La visión a largo plazo del empresario está acompañada de una capacidad de aprender de los acontecimientos. La elaboración de un plan es una guía útil para el camino común, pero tiene que necesariamente estar acompañado por la atención a las señales que emergen durante el camino.

5. Riesgo: El coraje necesario para el desarrollo de su actividad es sostenido por dos factores: la conciencia de que el solo hecho de existir sea más importante que el resultado final, y la experiencia de una amistad viva. El riesgo más grande del empresario de hoy es la soledad.

En este sentido un emprendedor o empresario es una persona con una conciencia del valor del trabajo, un promotor de la cultura del trabajo sobre la cual se puede fundar una cultura del emprendimiento sólida. Saltar este factor y reducir el acto de emprender o la empresa misma al único objeto del lucro, sería lo mas parecido a construir un castillo de arena que no soportaría las primeras lluvias, como está pasando con la crisis económica.

De allí la urgencia de recuperar una cultura del trabajo que genere bases sólidas para el desarrollo del trabajador, el emprendedor y la empresa misma. Para de esta forma poder realizar un aporte significativo para el desarrollo y el bien común de la sociedad.

Alejandro Marius es presidente de la ONG Trabajo y Persona
@revista_rsevzla
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